Una historia, tal vez

 Una historia, tal vez.

Se apaga la luz, cuatro mujeres iluminadas, sentadas en dos bancos que simulan ser un automóvil antiguo, juegan a que manejan, doblan en las esquinas y frenan bruscamente. Una quinta parada a un costado, a modo de prólogo, cuenta que todos los fines de semana estas cuatro mujeres se reúnen con el fin suicidarse, una y otra vez lo hacen, como un ciclo sin fin. Pero lo hacen como hecho metafórico y además teatral, no cómo algo real. La sala está atenta y escucha, capta cada movimiento de estás actrices representando a sus personajes, cada palabra ligeramente pronunciada, cada gesto. Disfruto la obra, absurdo para cinco bellas mujeres, teatro épico; miro a mis alumnos sentados en los asientos cercanos, todos atentos a lo que pasa en escena. Caras de asombro y de disfrute, rostros de entrar por primera vez a una sala, experiencia única e irrepetible de vivir un acontecimiento teatral. Por un instante pienso en vos, en esa mujer que fuiste y conocí, pero también en la que desconozco, en aquella que quedó perdida en inmensidad personal de lo cotidiano. Esa juventud silenciosa o estridente que no ha llegado a mí dentro del relato familiar. Cuántas historias, cuántos sueños y frustraciones habrás tenido en tu vida. Hoy, luego de años de tu partida me arrepiento de no haberte preguntado sobre tantas cosas de tu vida, muchas ya son relato familiar otras suceden en mi imaginación repleta de literatura. 

Te veo como maestra normal a tus 17 años, allá en Bolívar en los años treinta, en una pequeña escuela con alumnos de diferentes edades, algunos hasta mayores que vos. Una chica con infinitos sueños, esos que todo docente tiene de cambiar el mundo o simplemente de ampliar el horizonte, de mostrar otras realidades, diferentes rumbos a esos otros que siempre nos enseñan algo propio. Me imagino un día la llegada de un hombre, un joven Bayardo San Román en busca de su Ángela Vicario, pero en este caso un apuesto corredor de telas que encuentra a una muchacha de clase acomodada, pero una escena sin grandes alborotos ni tragedia. Me imagino un hombre así, vestido de lino, con mucha elegancia y siempre con sombrero de moda, tal vez porque los recuerdos que tengo de mi abuelo son imágenes fotográficas plasmadas en mi retina y un espiar a las cinco años detrás de una ventana de un segundo piso cuando la ambulancia se lo llevó tapado con una sábana. Esa joven hija única, que usa siempre vestidos floreados con prendedores, se casa con ese hombre de voz firme y grandes metas comerciales. Este es mi recuerdo de tu encuentro, imágenes robadas de fotos y de libros, de tus historias nunca contadas y de mis relatos ficticios. Una maestra adolescente que renunció a sus sueños de cambios y de independencia económica en pos de otros, uno de anillos y confites, un matrimonio colmado de promesas, de telas, viajes, hijos y mandatos: ser la esposa de y sumar un nuevo apellido, de posesión, de pertenencia. Qué hubiera sido de la historia si no hubieses aceptado esos confites, tal vez yo no estaría sentada en este teatro mirando a estas mujeres al borde del suicidio, ni a mis alumnos inmersos en este acontecimiento teatral. 



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