Amigas
en memoria de mi abuela y su amiga Cecilia
Cuando iba a comenzar el jardín murió mi abuelo. Mis hermanos y yo miramos por la ventana del comedor la camilla tapada por una sábana blanca que llevaba el cuerpo de mi abuelo Carlos desde un segundo piso del departamento donde vivíamos. Hoy, cuatro décadas después, ese es uno de los pocos recuerdos que tengo de él, los otros son imágenes implantadas a partir de relatos y fotografías familiares.
A partir de ese día, mi abuela Ángela comenzó a ser viuda. Yo era muy pequeña y realmente no recuerdo su duelo, seguro que habrá sido todo un proceso complejo de altibajos, de llantos y añoranzas, me lo imagino, lo que sí quedó en mi mente fue que se convirtió en una mujer independiente, a su modo. Comenzó a viajar sola a la capital varias veces al año. Iba a casa de mis tíos, a lo de su prima Pirula y a lo de su amiga Cecilia, que también vivía sola, pero ella no era viuda, sino que estaba separada.
Estos viajes eran todo una aventura para nosotros ya que iba y venía en tren. Toda una odisea. Mis padres en el citroen celeste, las valijas, los tres nietos, todos juntos la acompañabamos hasta la estación de Luro primero a sacar el boleto en la ventanilla y luego esperábamos que el tren llegara. Humo y estruendo invadían el lugar. La emoción que sentíamos cuando se acercaba la locomotora y los vagones era tremenda. Recuerdo agarrar fuerte la mano suave y firme de mi abuela, sentir su protección frente a ese monstruo mecánico que llegaba. Así eran las veces que se iba y las que volvía, la diferencia era la espera repleta de ansiedad por tener de regreso a esa persona que era parte de nuestra vida y que tanto habíamos extrañado. No olvidemos que siempre traía regalos de la capital, nuestra ciudad, Mar del Plata, todavía era un lugar tranquilo y medio vacío fuera de las estaciones turísticas.
Durante estos años mi abuela estuvo siempre para nosotros. Se mudó a un departamentito de un ambiente al fondo de casa. Ayudó a mi mamá en las comidas y muchas veces organizaba jornadas especiales donde nos invitaba a merendar o almorzar, hasta algunas veces a dormir con ella. En esos encuentros en su casa, nos agasajaba con diferentes platos que solo ella sabía preparar y que solo ahí comíamos encantados: bacalao, ostras, arroz con calamares; de postre flan casero, arroz con leche, manzanas y peras asadas. Su mesa redonda de madera se extendía y entrábamos todos en ella. Era una fiesta ir a su pequeño departamento. No faltaba el café de su cafetera italiana para los mayores, las masitas dulces y merengues con dulce de leche o crema que comparaba en la confitería de la vuelta de casa, especialmente para mí.
Solo en algunas ocasiones al año perdíamos su atención, cuando llegaba de visita su amiga Cecilia. Era una mujer muy elegante, rubia, de cabello corto, ojos claros, muy activa y sonriente que venía de Buenos Aires a verla, muchas veces hasta se quedaba a dormir. Le llevábamos un colchón y armaba su cama junto a la de mi abuela. Sentía un poco de celos de ella ya que se adueñaba de mi abuela Angelita por unos cuantos días.
La puerta de su departamento se mantenía cerrada aunque sin llave; durante estos días golpeábamos antes de entrar y nos portabamos muy educados, aunque yo siempre lo era. Cuando entraba siempre las encontraba sentadas a la mesa redonda de madera con la parte verde de felpa del mantel hacia arriba, tela que daba vuelta en algunas ocasiones especiales como esta. Naipes, una libreta u hojas, una lapicera, pocillos de café y platos con masitas dulces nunca salían de la mesa. Horas y horas se las pasaban jugando a las cartas, a la canasta, charlaban, sonreían y se ponían al día. Yo me sentaba con ellas, las miraba pero no entendía nada. Me habían enseñado a jugar al solitario, así que me daban unas cartas y me entretenía con ellas, a mi manera.
Cecilia siempre estaba con una sonrisa, su mirada y sus manos me transmitían calidez, siempre lo hicieron. Adoraba a esa amiga de mi abuela ya que me traía otra mujer a casa, convertía a Angelita en otra aún más libre, más alegre, elegante y feliz para mis ojos de niña.
Año a año se repetía la misma visita, la misma rutina, los anhelos por su llegada, los besos de despedida a su partida. Un aura de hechicería rodeaba a estas dos viejas amigas por varios días. Años compartidos de historias que yo ignoraba pero que quedaba embelesada al verlas. Nunca la ví triste, siempre con una sonrisa en su rostro, una caricia, una palabra tierna al verme. Con los años, ya adulta, supe que ella había perdido una hija, que tenía su nombre y el mío, que se la habían llevado y durante años la estuvo buscando. Cecilia recibía llamadas por la noche. El teléfono sonaba y era ella, su hija, quien hablaba, le decía que estaba bien, que por las noches eran buenos y la dejaban llamar, le preguntaba por el bebé, que había nacido y se lo habían llevado para dárselo a los abuelos, a ellos, que era un varón. Pero un día dejó de llamar. Ya vivíamos en democracia cuando el teléfono sonaba y era su nombre y el mio juntos. Yo era pequeña cuando esto sucedió y no sabía que la tristeza puede esconderse detrás de una sonrisa tierna, de esos ojos claros, de esas manos que anhelaban caricias de manos que nunca volvió a tocar.
Esos encuentros de amigas seguro tendrían una intensidad necesaria, una invasión de manos que sostienen para no caer. Yo no lo veía, pero ahí estaba, el aura que las rodeaba, esa hechicería que transmitían, ese poder, esa resistencia al dolor y al olvido.
Al morir mi abuela, ella no estuvo, ya era una mujer mayor, ambas lo eran. Al tiempo volví a verla, siempre encantadora, una viejita que no se sabía cómo seguía en pie, sola de acá para allá, brotaba juventud de sus poros, de su cuerpo, de su alma. Nos abrazamos, como lo hacen nieta y abuela. Siempre la admiré, antes de saber su historia, y aún más al conocerla. Supe que encontró a su nieto, en otro país, con la justicia de por medio; había sido criado por sus apropiadores, no la quería, no los aceptaba, ni a ella, ni a sus padres desaparecidos, ni a su nueva familia; había descubierto que todo había sido un engaño, su vida y que él no era él. Tenía mi edad, habíamos nacido el mismo año. Me imagino que habrá sido muy difícil, para ambos.
Un día, un portal de noticias informó su muerte, varios años después que mi abuela. La despedían toda su familia y también su nieto, aquel que tanto había buscado. Al parecer se habían reencontrado, espero que él la haya amado como lo hicimos nosotros, que haya encontrado el amor que le arrebataron a su hija, a su madre, que tenía su nombre y el mio. Que lo haya abrazado y besado como ansiaba hacerlo durante tantas noches que junto a mi abuela hablaron de ellos, y yo sin saberlo.
Junio 2024

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