Arcilla


Soy un cuenco de arcilla y barro

fuerte y frágil al mismo tiempo

manos me llenaban de agua, de vida.

Iba y venía, voy y vengo,

pero un día, o tal vez desde el comienzo, surgió una pequeña fisura en mi cuerpo.

Tonta, no fue en tu cuerpo, fue en tu interior, en tu ser, en vos misma.

Sh, calla que estoy hablando.

Esa pequeñísima grieta fue creciendo y creciendo,

ya no era solo una, sino una ramificación que abarcaba todo el cuenco.

Como las raíces del árbol surcando la tierra, 

pero la gran diferencia era que el árbol se alimenta de ella.

En cambio, 

mis raíces me partían, me iban rompiendo poco a poco. 

Ella lo supo, se dió cuenta que algo cambiaba, no solo dentro, 

sino también fuera, ya su uso de manos ajenas era otro. 

Tu no quisiste más traer y llevar agua para saciar la sed de otros, 

eras vos quien ahora tenía sed, y no te dabas cuenta. 

Ella creía que debía seguir un rumbo, un mandato, lo que les hacía feliz. 

Aún no se daba cuenta que cada uno tiene su camino. 

Hasta que un día ese pequeño cuenco se partió, 

no solo eso, sus piezas volaron en mil pedazos, pequeños y grandes, 

algunos filosos y otros desechos en tan pequeños fragmentos que es imposible componer. 

No te dije cientos de veces que cuando una pieza se rompe, no hay que pegarla, 

hay que aprender que en la vida las cosas, los cuencos, vos, ella, yo 

podemos estallar en millones de fragmentos que nunca vamos a volver a encontrar. 

Ella lo sabe, te escucha siempre con atención, te entiende, 

pero aún no logra hacerlo. Sabe que debe volver a nacer.

Sí, lo sé, pero aún no logro encontrar el camino para volver a ser barro y construirme. 

Intento, amaso y amaso esa mezcla de arcilla y agua, 

me ayudan manos tiernas, amables. 

Soy yo, eras tú, es ella, pero es tan difícil. 

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