Era feliz, lo sabía

Era feliz, lo sabía


“A veces, los cuentos son retumbos y destellos de hechos ciertos. Contamos lo que ocurrió. Otras veces, los cuentos son pedazos de sueños. Contamos para que ocurra…”.
                                                                        Liliana Bodoc
Bueno, bueno, ¡me escuchan! ¿Quién toma té, café o mate? 
Yo, acá traje mi taza.
Uh, yo me la olvidé, ¡qué tonta siempre me la dejo en la cocina!
No importa, tengo varias de cerámica.
Miren chicas los bizcochitos que traje, tienen una pinta, los compré en la panadería nueva de la esquina de casa.
Saben que fui moza en un café en mi juventud, seguramente era para prepararme para ustedes.
Yo no, gracias profe recién desayuno en casa

Durante varios meses su hija la había invitado al taller. Le iba a hacer bien, ambas lo sabían, además siempre quiso hacer cerámica. Era cerca y para nada caro. Solo un día por semana, los sábados a la mañana, un lindo grupo de mujeres de varias edades. Lo iba a disfrutar y hace cuánto que no se tomaba un tiempo para ella. 

Quería ir pero una y otra vez había contestado que no. Más adelante, luego de la pandemia cuando todo se normalice, más tarde aún me falta una dosis, y por último que no quería dejar a su padre ya estaba grande, aunque se arreglaba solo. No mentía del todo, internamente una batalla se producía en todo su ser y no sabía de dónde agarrarse para volver a sentirse ella, la que era hace tanto tiempo, esa mujer que ya no reconocía en el espejo.

El despertador sonó a las seis como todos los días, había que aprovechar la mañana, regar temprano, acomodar la casa, alimentar a los animales. Ya desde hacía años, sus días eran de sol a sol, levantarse temprano y acostarse no muy tarde. Los dos, ella y su marido, habían construido esa rutina que les permitía hacer todo sin agotarse, tomarse el tiempo necesario para que cada uno haga lo que debía hacer. Ella se levanta, pone la pava al fuego y prepara su té con galletitas y el termo con el mate para él. Pero esa mañana su cabeza andaba por otros lados, estaba distraída, hasta le había tenido que agregar un poco de agua fría al agua porque se le había hervido. En el momento de tomar su taza habitual se contuvo y agarró la que le había regalado su hija, ese hermoso tazón de cerámica que le obsequió para su último cumpleaños. La magia de los objetos hechos con las manos se apoderó de ella. Un portal hacia quién sabe dónde se abría, invitándola a entrar, tal vez un espejo.

Desde joven su vida había sido un torbellino. Fue una niña fuera del molde, siempre. Rebelde en el jardín de infantes, luego en el colegio de monjas, se notaba cuando discutía con las monjas por las riquezas del Vaticano o gritaba desde el fondo de la clase respondiendo quién había hecho tal o cual pinturas en Arte y cultura: Las meninas son de Velázquez no de Murillo, profesora. Es verdad, era bastante irrespetuosa en esa época. El viaje con las chicas a Bariloche, los bailes, las plataformas, los pantalones de colores y las camisas cortas, se sentía hermosa. Lo era. La facultad, las clases, las asambleas, las corridas, Hauser y su Historia de la Literatura y el Arte, tantas cosas, un nuevo mundo ante los ojos. Vivió apasionada los breves años del taller de arte, participaba de encuentros con jóvenes artistas de todos lados, bocetos, modelos desnudos, las formas y los cuerpos, los primeros besos y los amores fuera de toda norma. Descubrió muchos libros que no podía dejar de leer, Cortázar, Simone De Beauvoir, Alejandra Pizarnik, escuchaba sin parar a los Beatles y viajaba constantemente a la capital para hacer seminarios de pintura. No era extraño verla rodeada de bocetos sueltos, cuadernos de diferentes tamaños, pomos de óleos, su ropa y todo su cuerpo impregnado de olor a trementina, cargando bastidores, con carbonillas en los bolsillos. Vivía en un mundo soñado. Era feliz, lo sabía.

Pero qué había pasado con sus sueños de juventud, sus deseos de volar, vivir del arte y la creatividad. Cómo había llegado a los setenta poniendo excusas para no ir a un taller de cerámica, quién era esa mujer que se refleja en el fondo de la taza. Una sonrisa se le escapa entre los labios. A pesar de todo era feliz, lo sabía, su vida había sido buena. No será una artista como ella soñaba, no siguió estudiando en la facultad como quería, pero pudo estar con su padre cuando enfermó y la necesito. Se hizo cargo de la pequeña empresa familiar, aunque luego no funcionó y debió cerrar. Su hermano no pudo estar con ella, aunque quisiera debió exiliarse, su novia embarazada y los militares buscándolos por todas partes, debieron dejar la universidad y viajar a tener suerte a otro país. Pero todo tiene un lado bueno, trabajando conoció a su marido, se casaron a los pocos meses, construyeron la casa, tuvieron hijos, ahora parece mentira nietos y algún día también bisnietos. Siempre trabajaron, nunca les faltó nada, ni en el rodrigazo, ni con la hiperinflación, siempre se las arreglaron. Al echar el agua el aroma del té recién hecho la llevan a desdibujar las imágenes del pasado. Los perros se le acercan en busca de cariño, se escucha el cantar de los pájaros, él le ofrece una galletita con mermelada de higos. Te quedó lindo el dulce, menos mal que salvamos algunos frutos, las cotorras ya se habían comido las mejores brevas. Toma la galleta y asiente, lo observa, es feliz, son felices, lo saben. Sí viejo, quedó muy rica, mañana hago dulce de tomate antes que se estropeen los que sacaste de la huerta. De grandes pudieron disfrutar varios viajes a su tierra natal, tiene una casa hermosa, está feliz con sus plantas y sus perros. Es feliz, lo sabe. 

Es cierto que volvió a pintar varias veces en su vida, en cada momento de crisis retomó su pasión, desparramó sus viejos pinceles sobre la mesa, desembaló sus pinturas y viejos bastidores, nuevamente se impregnó de olor a trementina, a óleos y aceites, se manchó con carbonillas y plasmó su interior en diferentes papeles y telas. Su paleta dejó de ser oscura como a sus veinte años y se volvió luminosa. Colores intensos, brillantes surgían de su interior buscando la luz y la armonía. Pero una vez recuperado el equilibrio volvía a dejar arrumbado su arte, la vida diaria, sus obligaciones de madre y esposa, luego de abuela, siempre fueron más importantes. 

Ella era feliz, lo sabía. No se quejaba de nada pero aún así sentía algo, un no sé qué, un especie de huequito en su interior que debía averiguar con qué llenarlo para no andar incompleta. Tal vez, pensaba, podría aceptar la invitación de su hija. Esas mañanas podrían acercarla a eso que andaba buscando sin saber, esas clases le servirían para reencontrar a aquella mujer que se alejó hace ya tantos años, quizás esos encuentros le permitan volver a acercarse a su hija que ya hace varios años le ha dejado un huequito en su interior.

Viejo, desayuno y me voy al taller, ese de cerámica que tu hija me invita siempre y estoy dando vueltas y nunca empiezo. 

Risas y voces de mujeres se entrelazan unas con otras mientras cada una centra su atención en su pieza. Algunas moldean la masa fresca y blanda como si amasaran el pan, otras se concentran en emprolijar con esponjas y espátulas los detalles de sus trabajos, otras usan pinceles de diferentes tamaños para colorear con diversos diseños sus piezas de cerámica. La profesora levanta la voz un instante, preparada para impartir su clase pero en lugar de una indicación con una sonrisa le pregunta a todas sus alumnas: 

Bueno, bueno, ¡me escuchan! ¿Quién toma té, café o mate? 
Yo, acá está mi taza
Uh, yo me la olvidé, ¡qué tonta siempre me la dejo en la cocina!
No importa, tengo varias de cerámica
Miren chicas los bizcochitos que traje, tienen una pinta, los compré en la panadería nueva de la esquina de casa.
Saben que fui moza en un café en mí juventud, seguramente era para prepararme para ustedes.
Yo no, gracias profe recién desayuno en casa con mi marido.





Comentarios

Entradas populares de este blog

Amigas

Amadeo

Arcilla