El reflejo

Malena día a día huía de su reflejo. De pequeña gritó espantada el día que fue consciente de lo que le sucedía, su madre le había acercado un espejo. La niña primero comenzó a mirarse, luego extrañada a desconocer lo que veía. No era que no reconocía su aspecto, sus cambios y demás, sino que su imagen poco a poco se iba desvaneciendo para surgir otra, una imagen diferente. Con el tiempo y con valentía, Malena iba descubriendo qué sucedía cada vez que se miraba a un espejo, pero también sucedía cuando se reflejaba en el agua o simplemente en una vidriera de un negocio. La imagen no era tan nítida pero por igual sucedía lo mismo, se veía en un otro, y sumado a eso, en otro lugar totalmente desconocido para ella. Esto lo supo cuando se detuvo a ver una vidriera de una juguetería, encantada al ver todos los juguetes que descubría con su mirada, no se había percatado de todo lo que estaba sucediendo dentro de su reflejo. No solo que ella no era ella, sino que los autos eran de otra época, las personas vestían otros trajes y la ciudad era otra. Parecería ser un portal a otro lugar, a otro tiempo y a otro ser. 
Al principio el paso del reflejo verdadero hacia el otro, el desconocido, sucedía lentamente, pero al ir creciendo, esa instancia iba acortándose gradualmente hasta que llegó un día que su reflejo no volvió a aparecer, al parecer se había perdido para siempre y solo surgía la otra imagen, la no Malena, las muchas otras personas. 
Cuando se lo contó a su madre, la pobre mujer se puso blanca de pavor. Con ataque de nervios de por medio se lo dijo a su marido, quien a su vez se lo contó a su madre quien recomendó comenzar rápidamente un tratamiento médico. En la familia ya había locos pero no de semejante envergadura. Así que por años la familia trató su problema en psicólogos y psiquiatras de todo tipo. Nadie pudo entender lo que le pasaba a la niña, eran alucinaciones, eran delirios de la niñez, también fue diagnosticada con esquizofrenia y personalidades múltiples. Con el pasar del tiempo hubo tantos médicos como diagnósticos hasta que la familia bajó los brazos, colmó su paciencia y optó por tapar los espejos de la casa con paños negros y evitar el reflejo en vidrios y pequeñas o grandes masas de agua. Malena se duchaba en la regadera o en la bañera repleta de espuma, a la mañana se arreglaba y preguntaba a su madre cómo lo había hecho, si se había peinado bien, si la ropa estaba prolija y si tenía la cara limpia. Así, de esta manera, su vida transcurría con normalidad, solo evitaba en la calle las veredas con negocios que tuvieran una vidriera donde pudiera verse reflejada, y si no podía hacerlo giraba la cabeza para la otra dirección y entornaba los ojos. De esta forma no iba parecer un comportamiento extraño. Su vida se había adaptado a esta manera de vivir.
Pero un día, por descuido de su madre una de las ventanas había quedado mal cerrada. Se ve que la brisa o tal vez el destino hizo que el paño de uno de los espejos de la casa se deslizara y dejara al descubierto una pequeña parte del vidrio. No está de más aclarar que ese espejo estaba en el pasillo junto al cuarto de Malena y que cuando la joven se despertó por la mañana, un poco dormida y un poco despierta, sin reconocer el tiempo de sueño y de vigilia sus ojos se posaron justo en ese pequeño espacio libre de la tela. Seguramente inconsciente de lo que hacía se dejó llevar por la curiosidad. Recordemos el viejo dicho de que la curiosidad mató al gato, en este caso no hubo gato, ni nadie apareció herido pero lo que sí pasó fue que Malena se permitió descubrir aquello que había más allá de su reflejo. Tal como hizo Alicia, sus ojos y todo su ser fueron dejándose llevar hasta atravesar el espejo, no corporalmente, sino podemos decir su esencia, como si fuera un frasco que derramara su interior a través del espejo y ese líquido se sumergiera en un nuevo envase, en un otro, viviendo otro tiempo y otro espacio. Podemos creer que Malena no era solo Malena, sino que ella era como cualquiera de nosotros, los lectores, solo que nosotros no usamos los espejos, sino las palabras, ellas son nuestro hechizo para vivir otras vidas, en otros tiempos y lugares. En cambio a Malena se ve que no le inculcaron de pequeña el hábito de la lectura, será por eso, por descuido de sus padres, que necesitó de los reflejos en espejos, vidrios y hasta en el agua misma para escaparse a su antojo de este mundo, y así pudo visitar otras realidades para hacer, igual que nosotros lo que hacemos cuando abrimos un libro. 

 


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