Dichosos actos escolares
-Profe, te toca hacer el acto del 17 de Agosto con los chicos de tercero. Lo dejo en tus manos- dijo la directora al pasar mirando con una sonrisa pícara al nuevo profesor de sociales del turno mañana. Germán había estudiado en el instituto hasta recibirse. No le fue fácil comenzar a ejercer la docencia, pero lo logró. Realmente estaba muy contento por haber conseguido esas horas en la misma escuela donde él había hecho sí primaria. En verdad, no era el mismo colegio, en sí el edificio coincidía, pero ahora él trabajaba en la secundaria.
Las palabras de la directora lo habían alegrado pero también lo llenaron de temor. Sentía nostalgia por esa escuela, su promoción, como la de sus hermanas y muchas otras, habían colaborado para construir el gimnasio, ese espacio anhelado por todos, aunque ninguno de ellos lo habían visto en sus años de escuela. Pero ahora, como docente, tantos años después, lo veía todos los días al entrar. Con tristeza lo veía destruido y con falta de cuidados, pero a pesar de su estado era el lugar donde toda la escuela se reunía, participaba de torneos deportivos, de intercolegiales y festejos por el día del estudiante. Sus recuerdos estaban repletos de sonrisas, aunque no eran todas alegrías, también tenía instantáneas grabadas en su mente que lo atormentaron por años. En sí no había sucedido nada grave pero para un niño de apenas siete años había sido algo catastrófico.
Recuerda a su madre preparando la ropa para el acto de San Martín, él sería un granadero, debía subir por la pequeña escalera de madera del escenario del salón de actos y decir: "Son las huestes que prepara San Martín para luchar en San Lorenzo". Practicó por días ese parlamento, frente a su madre, a su abuela, a sus hermanas que se reían y con su maestra. Frente al espejo de la pieza se paraba firme, tomaba aire, hinchaba su pecho y con voz fuerte y clara decía las palabras, como la señorita Hayde le había dicho. Se sentía orgulloso por su participación en el acto, se sentía un granadero, cómo había sido su abuelo.
Hasta que por fin llegó el día, la escuela estaba alborotada por los preparativos, celeste y blanco por todas partes, todos con escarapelas, arreglados, los padres y abuelos acomodándose frente al escenario para ver el despliegue patrio que realizaba la escuela primaria ese día tan especial para todos, los primeros y los segundos grados serían hoy los protagonistas. El pequeño Germán nervioso practicaba sus palabras, estaba vestido con el disfraz de granadero que su mamá le había hecho, hasta tenía los botones dorados robados a escondidas de varios sacos de su padre. Los zapatos recién lustrados, negros y brillantes. Estaba parado a un costado del escenario esperando su turno, él y sus compañeros debían subir de a uno y recitar un fragmento de la marcha de San Lorenzo, luego, todos juntos debían cantar la canción completa, y sin equivocarse, como les decía la seño. Por fin, llegó el momento, le tocaba a él, el corazón le palpitaba enloquecido en su pecho, aspiró hondo y avanzó, controlando su miedo. Subió paso a paso la escalera de cuatro escalones, pero en ese momento, que desearía no recordar, el cordón de su zapato recién lustrado le jugó una mala pasada. Sin saber cómo en la parte superior de la escalera trastabilló, pisó ese maldito cordón, y terminó de trompa en el piso a mitad del escenario frente a todos. Las risas estallaron en el lugar. Muerto de vergüenza, rojo como un tomate, se levantó tan rápido como cayó pero al intentar decir las palabras que tanto había practicado una pequeña lágrima corrió por su mejilla. Se quedó mudo, intentó hablar pero no le salió ningún sonido. Sus ojos solo buscaban el rostro de su madre en busca de consuelo. Ella con una tierna sonrisa lo miraba desde su asiento. No recuerda más nada, el resto se perdió en su memoria.
-Sí Sandra, no te preocupes, yo me encargo del acto, va salir genial- le contestó a la directora mientras se repetía en su cabeza una y mil veces, su humillación frente a todos como si fuera un video de humor. Respiró hondo, hinchó su pecho como un granadero y se dijo - Si esta vez alguien se cae no voy a ser yo.- entró al aula levantando la voz- ¡Chicos nos toca el acto de San Martín! ¿Qué se les ocurre hacer? Saben qué me pasó cuando era chico, actué de granadero, no se imaginan el papelón que hice…- risas y murmullos se escuchan al cerrar la puerta del salón de clases.
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